Cambios de presión atmosférica y su influencia en el dolor músculo-esquelético.

Podemos decir que se conoce la relación entre estas dos variables desde que existe la literatura médica y, atendiendo a las causas que parecen más plausibles, es posible que sea un peaje que estemos pagando desde los albores de la propia humanidad.

Como habréis adivinado los lectores más avezados al pasar por el párrafo anterior, efectivamente, a día de hoy, sólo tenemos alguna causa probable de los mecanismos que están implicados en esta llamativa relación pero ninguna ha podido ser confirmada con rotundidad científica.

El hecho evidente es que las personas que lo sufren en todo su potencial parecen verdaderas estaciones meteorológicas portátiles (perdónenme el símil). Llegando, en algunos casos, hasta la incapacidad funcional de la articulación mientras dure el episodio meteorológico. Hay que tener en cuenta que las personas que lo padecen ya arrastran una patología articular de base como la artritis o la artrosis o han recibido una prótesis articular o, incluso, refieren alguna afectación de los discos intervertebrales. 

Partiendo de este escenario inicial, las investigaciones se han centrado, por lo visto, en dos teorías diferenciadas aunque no necesariamente independientes. A saber:

  • Los cambios bruscos de presión barométrica producirían una alteración de la presión interna de las cápsulas articulares activando ciertos receptores nerviosos (mecanorreceptores y nociceptores) que, en condiciones normales, no deberían ser sensibles a esta reacción.
  • Ciertas enfermedades subyacentes de condición crónica (artritis, artrosis,…) provocarían la secreción de sustancias que produjesen lo que se conoce como dolor neuropático periférico o la sensibilización de la vía ascendente correspondiente.

Voy a explicarlo para los mortales.

Imaginaos un globo lleno de aire. El globo sería la membrana de la cápsula articular y el aire que está dentro el líquido que baña la articulación. Ese líquido ejerce una presión constante sobre el globo hacia fuera y la presión barométrica de fuera lo hace hacia adentro, de tal forma que se establece un equilibrio más o menos estable. Ahora bien, una fluctuación brusca de las condiciones fuera del globo afectan, necesariamente, a la presión dentro de él, de manera que los sensores que reciben la información de esa cápsula se activan. Lo relevante de esta circunstancia es que, en condiciones normales, esos estímulos “sensoriales” no deberían suponer una señal de dolor y esa es la gran incógnita a resolver.

Youtube: experta manus

De cualquier modo, lo que sí parece que toma forma es la caracterización de las variables meteorológicas que realmente nos afectan. Algunos de los estudios apuntan a cambios abruptos en la temperatura, en concreto, hacia los descensos bruscos de temperatura y también se establecen la humedad ambiental como un factor desencadenante del dolor.

En cuanto a los mecanismos fisiológicos que verdaderamente están involucrados en la relación clima-dolor, me da que nos quedaremos con las ganas de conocerlos durante otra buena temporada.  

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